A través del monitor




El sonido de las campanadas electrónicas lo despertó de inmediato. Con movimientos algo toscos se acercó la pequeña pantalla al rostro para desbloquearla. Sin embargo, debido a la falta de luz se vio obligado a colocar uno de sus dedos sobre el frío cristal. En menos de un instante cientos de notificaciones comenzaron a bailar sobre un fondo azul cielo. Más de la mitad eran solicitudes de amistad de distintas redes sociales, el resto se dividía entre mensajes de trabajo y videos graciosos. Se inclinó por contestar las primeras, a pesar de lo cual rechazó a muchos amigos potenciales, incluyendo robots e inteligencias artificiales. Últimamente las IA habían empezado a poblar todas las plataformas de socialización posibles en un intento de asemejarse aún más a los humanos. Aquello le parecía ridículo.


Luego de descartar a todos los robots de la lista, y mientras mostraba sus enormes dientes blancos en un bostezo de aburrimiento, pudo sentir como el dispositivo vibraba para llamar su atención. Al dirigir sus ojos nuevamente al aparato leyó con celeridad las letras diminutas. La aldea virtual de su juego favorito estaba siendo atacada por alienígenas de otra galaxia. Al ver esto se deslizó rápidamente entre un océano de iconos coloridos hasta encontrar la app en la que se estaba desarrollando la batalla. Al llegar allí constató con alivio que gran parte de la villa cibernética seguía intacta, y que la cantidad de monedas y gemas no había disminuido. Por lo tanto se apresuró en adquirir ametralladoras y lanzallamas del tamaño de sus uñas. Con ellos fue capaz de derrotar a sus enemigos con pérdidas mínimas.


La adrenalina generada por esa experiencia fue suficiente para mantenerlo despierto durante el resto de la noche; noche que pasó mirando videos de gatos, invirtiendo en monedas virtuales, combinando caramelos y criando dragones desde que salían del huevo. La salida del sol lo sorprendió chateando con desconocidos en una web para encontrar pareja. A pesar de que el registro era sencillo escoger a alguien para verse en persona era realmente difícil. Y no porque hubiera pocos candidatos, sino por lo abrumador que resultaba el poner en práctica habilidades sociales propias del siglo pasado. En el siglo XXV eran muy pocos lo que podían presumir de un nivel de atención superior a los treinta y cuatro segundos; muchos menos eran los capaces de demostrar empatía ante el llanto de un humano o el pedido de afecto de un cachorro.


Finalmente, cuando sus extremidades comenzaban a doler por la rigidez de la postura se dio cuenta de que su estómago había estado crujiendo por algún tiempo. Con eso en mente se vio forzado a abandonar el dispositivo móvil por un período de al menos cinco minutos. Con cada paso que daba lejos de la habitación sus latidos se volvían menos espaciados y el aire se le escapaba de los pulmones como si fueran dos globos pinchados. Para cuando llegó a la cocina el reloj inteligente que llevaba en su muñeca izquierda lanzó una alerta de frecuencia cardíaca demasiado alta. Casi sin fuerzas consiguió abrir la puerta de la heladera y sacar un pedazo de queso envuelto en plástico y una lata de sardinas que ya estaba abierta. El escaso aliento que le quedaba le sirvió para arrastrar los pies de vuelta a la habitación antes de caer desmayado sobre un cúmulo de mantas y sábanas.


Después de despertar y asegurarse de que el aparato estaba al alcance de sus manos pronunció los comandos que activaban la reproducción de música de forma automática; luego se dedicó a engullir la comida para después limpiarse las manos con alguna ropa que tenía cerca. Al terminar, ahora con más animo, observó el reflejo de su rostro en las ventanas polarizadas, que impedían la entrada del sol que tanto le disgustaba. A pesar de ello el cuarto estaba lo suficientemente iluminado como para percibir las enormes manchas oscuras debajo de sus ojos, el cabello negro desordenado y crecido, la camiseta gris gastada en los codos y las medias de diferente color en cada pie.


Aunque su aspecto era lastimoso su cuenta en el banco era una de las más importantes de toda la región. Las pocas veces que salía de su casa la gente se le acercaba como moscas esperando recibir algún beneficio por ello. De tanto en tanto, cuando subía una fotografía a internet la cantidad de me gusta hacía colapsar los contadores de la web, y el número de comentarios hacía imposible la tarea de contestarlos. Pero él ya se había acostumbrado y, de cierta forma, ya no le importaba lo que dijeran los demás. Lo único que hacía era vivir su vida, si alguien no estaba de acuerdo bastaba con que lo ignorase. Así eran las cosas y así habrían seguido, de no ser por el repentino sentimiento de insatisfacción que lo abrumó después de contemplarse brevemente.


Y cómo lo que más disfrutaba era mirar películas en línea, y su tableta y celular le parecieron demasiado pequeños, se decidió a desempolvar una vieja computadora de escritorio que había pertenecido a alguno de sus ancestros. Aún así, debía atravesar ciertos obstáculos para poder llegar a ella de una pieza. El más grande de todos era que su robot asistente se hallaba en reparación desde hacía una semana, por lo que tendría que moverse por sí mismo. Allí entraba el asunto de los episodios, como él los llamaba. Los episodios consistían en ataques de pánico que lo afligían en cada ocasión que se apartaba del teléfono móvil, tal como el que había experimentado menos de una hora antes al tener que buscar algo de comida. Después de pensar unos minutos encontró que la mejor solución era sujetar el dispositivo a una de sus piernas, para lo cual se valió de un par de calcetines rayados que había debajo de su cama.


A pesar de lo difícil que le resultó salir de allí y bajar las escaleras que conducían hacia el sótano, logró completar la tarea en menos de treinta minutos; lo cual le pareció toda una proeza, considerando que su capacidad de esfuerzo era cada vez más limitada, igual que sucedía con el resto de la población. Al llegar abajo tuvo que encender un viejo sistema alumbrado por bombillas de vidrio, que había permanecido intacto durante todos aquellos siglos. Ni siquiera podía imaginar cómo se las arreglaban los humanos del pasado. Todo era tan tedioso. Después de caminar algunos metros más y quitar varias telarañas con sus manos, finalmente pudo divisar el enorme aparato blanco descansando sobre una mesa. Al mirarlo de cerca le vino a la mente la imagen de un gran elefante ya extinto desde hacía décadas. Pensó que ambos se parecían mucho.


Cómo sentía cada vez más ansiedad —la luz azul de los aparatos electrónicos podía ser realmente adictiva— prefirió encender la máquina recién encontrada allí mismo, pese a que no había nada para sentarse, el polvo y las arañas eran los reyes y hacía cada vez más frío. Guiado por sus impulsos enchufó el único cable que salía del armatoste a un tomacorriente que había cerca del piso, en una de las esquinas. Aunque la inteligencia poblacional era cada vez menor, él todavía sabía cómo conectar un aparato y usarlo para su provecho. Al menos podía hacer algo, todavía no era un completo inútil, un parásito de la sociedad como decían los antiguos pensadores.


Lo primero que observó fue un logo blanquecino sobre un fondo negro, al tiempo que un sonido robótico le daba a entender que la computadora estaba prendida. Como el proceso tardaba en completarse los pensamientos comenzaron a inundar su mente de forma aleatoria. Primero pensó en gatos, gatos graciosos haciendo piruetas para entretener a sus dueños. Y así siguió durante algunos minutos, saltando de tema en tema hasta que finalmente vio como la pantalla se llenaba de iconos, todos ellos asentados sobre una colina verde y un cielo totalmente despejado. Al mirar el monitor encendido y funcionando su cerebro llegó a una conclusión obvia: su vida dentro de la pantalla era mucho más estimulante para él que lo que tenía fuera de ella.


Esta revelación repentina le hizo sentirse liberado y entusiasmado. El hallazgo del antiguo dispositivo suscitó en él una curiosidad que no había sentido antes. Prontamente se dispuso a investigar lo que la computadora era capaz de hacer al accionar cada una de las pequeñas imágenes simplificadas. Después de averiguar cómo dibujar, grabar su propia voz y jugar juegos discontinuados se dio por satisfecho; finalmente había encontrado el propósito de su vida. De ahí en más solo se dedicaría a explorar el viejo dispositivo electrónico y aprovechar todo el potencial que este tenía para ofrecer. Ahora se sentía completo, realizado. Lo único que le faltaba era agua. Tenía sed, mucha sed. Después de pasar más de dos horas parado allí tenía mucha sed. Así que, para su disgusto, debió dejar la máquina en donde estaba y subir la escalinata hasta la primera planta.


Regresó con pasos dubitativos, sosteniendo entre sus manos una enorme jarra translúcida con agua casi hasta el borde. Después de bajar los escalones de madera se encaminó nuevamente hasta donde estaba el dispositivo. Cuando faltaba ya menos de un metro para conseguir su objetivo uno de sus pies descalzos se encontró con el cable grisáceo que alimentaba al enorme aparato. Al momento sus piernas perdieron el equilibrio, sus manos soltaron el contenido y una catarata helada se derramó sobre el piso. Cuando volvió en sí lo primero que notó fue el cambio que había ocurrido en la habitación. Sin saber cómo se encontraba ahora en medio de una pradera al parecer interminable, donde unas nubes blancas como la leche decoraban el paisaje tranquilo.


Sin tener idea de qué hacer comenzó a caminar sin rumbo fijo. Después de un rato se dio cuenta de que aquel paraje sí tenía un final conocido. Al llegar a cierto punto se encontró con un muro exorbitantemente alto. De todo el mundo, esta pared parecía ser la que batía todos los récords. Comparado con esa muralla, el edificio de su familia era como una hormiga vista desde un avión. De verdad era increíble, una maravilla de la ingeniería, pensó. A medida que se acercaba más llegó a sospechar que la inmensa pared llegaba hasta el mismísimo cielo azul. Pero eso era imposible, tenía que haber alguna explicación. Quizás era como en los juegos, un truco, un obstáculo que debía sortear para poder salir de allí. De pronto se sintió algo nervioso. Todavía tenía sed, no había llegado a probar el agua.

Y entonces lo recordó. Recordó cada paso del recorrido desde que había salido de la habitación hasta el momento antes de despertar allí. De repente, como si fuera una cortina, una capa blanca que parecía formar parte de la pared comenzó a enrollarse por sobre su cabeza. Y allí, detrás del cristal ahora límpido y transparente, pudo ver el cuerpo chamuscado tendido sobre el suelo, con el reloj inteligente en la muñeca izquierda y el dispositivo móvil atado a la pierna derecha, rodeado de cristal resquebrajado y agua, muchísima agua, más de la que podía tomar, más de la que debería haber cargado.

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