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El obituario

Diario Clarín, edición nacional, 15 de febrero de 2019


Muere el abogado Juan Alberto Rodríguez en un accidente automovilístico


POR MARCOS ANDRADE, JEFE DE REDACCIÓN


Es con profundo pesar que, en el día de hoy, 15 de febrero de 2019, me veo en la obligación de notificar el repentino fallecimiento de quien fuera mi amigo desde mi juventud, el prestigioso abogado Juan Alberto Rodríguez, colaborador habitual de este diario y un importante miembro de la comunidad. El desafortunado suceso que condujo a su partida puede resumirse como un fatal accidente en la Ruta Provincial 26, producido por gente imprudente y desdichada, sin el menor respeto por la vida humana.


Pero dejando de lado el resentimiento y el deseo de venganza, he decidido enfocarme en los aspectos más destacables de su brillante carrera, algunos de ellos de público conocimiento; como la vez en que defendió a los miembros de la banda de atracadores de bancos, aunque solo durante la primera parte del juicio. O su participación en numerosas causas contra funcionarios judiciales acusados de lavado de dinero —lo cual no eran más que calumnias, evidentemente—. Y no menos importante, su notable actuación como fiscal en la corte presidida por su padre, el juez Antonio Domingo Rodríguez. Esto debido a sus altas capacidades y conocimiento, no por sus contactos ni su apellido.


Cabe resaltar, sin embargo que, a pesar de su posición y su elevado cargo, nunca se olvidó de las personas que lo ayudaron a llegar tan lejos. Como el decano de la Facultad de Derecho, que lo dejó hacer un examen aunque había llegado casi una hora tarde —por culpa de la lluvia y el tránsito, no porque se quedara dormido—. Desde ese momento en adelante, cada vez que Juan Alberto se encontraba con él procuraba regalarle una sonrisa amigable o hacer arreglos para que pasara una tarde con Margarita, su prima española que venía a Buenos Aires todos los veranos.


Y ni hablar de los obsequios que le mandaba entregar a Carlotta, siempre acompañados de un ramo de hortensias y una nota manuscrita. Aquella compañera que se sentaba a su lado durante los finales siempre le había parecido muy simpática. Tan bien le caía que, incluso después de haberse casado con Amelia y ser padre de dos hijos, no dejaba de llamarla y juntarse con ella para conversar de la vida, de las dificultades de su trabajo, de lo cansado que estaba de su matrimonio, su inminente divorcio y, por consiguiente, la interminable pelea que surgiría por la repartición de los bienes.


Pero es ahora, cuando su imponente presencia ya no se encuentra físicamente con nosotros, que todas estas virtudes cobran una importancia desmesurada, inimaginable, para quienes lo recordaremos eternamente como el hombre generoso y noble que fue. Tan generoso, que incluso tenía varias casas a nombre de sus amigos y familiares más cercanos, quienes podían disfrutarlas mientras él no las necesitara —pero esto lo hacía por su amabilidad, no como si fueran sus testaferros—. Yo mismo llegué a poseer, durante un breve período, un penthouse en Puerto Madero y una quinta en San Isidro. Fueron buenos tiempos, sin duda.


Aun así, lo que más me impresionaba de él —y será ya la última alabanza que proferiré en su memoria—, era su capacidad para salir airoso de cualquier situación por difícil que fuera. Recuerdo una ocasión en que íbamos de paseo con su amiga Carlotta en un descapotable amarillo importado de Alemania cuando, de repente, comenzó a perseguirnos un vehículo policial. Yo, que soy muy impulsivo, intenté convencerlo para que huyéramos a toda velocidad, pero Juan Alberto, siempre tan inteligente, dijo que era mejor parar y ver qué querían. De modo que así lo hizo. Estacionó cerca de la banquina y esperó a que el oficial se acercara. Cuando eso pasó, no fue necesario nada más que un breve intercambio de palabras y billetes para que el efectivo anulara la multa que estaba a punto de hacer por no llevar las luces encendidas a las tres de la madrugada. A mí nunca se me hubiera ocurrido, pero así era él, podía resolver todos los conflictos sacando su billetera.


De modo que, sin más que agregar, ya que los hechos hablan por sí solos, animo a todos aquellos que me estén leyendo en este momento a elevar una oración por su alma y acompañar a la familia en la despedida de sus restos mortales el día lunes 18 de febrero, a las 10 en punto, en el cementerio de Recoleta. Luego de la ceremonia se repartirá un pequeño refrigerio —incluyendo bebidas alcohólicas— a todos los presentes, tal como Juan Alberto lo hubiera deseado.

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