En la altura


Bajo de una camioneta larga que después nos va a dejar abandonados en la altura salteña. Una señora de bastante edad me recibe: las piernas flacas como esqueleto, la cara seca como el polvo, las arrugas firmes sombreadas por un gorro de cuero. Extraña condensación de la vejez a tal altura que las montañas son árboles. Viene a ofrecerme ponchos de lana hechos por ella. Cuenta que vive en el cerro, que el hijo y el marido murieron; tiene solo a su nieta que se queda en la casa cuidando al ganado. Una hora de ida. Otra de vuelta. A veces de noche. Con el frío de 20 grados bajo cero. Y la señora sigue bajando. Y subiendo. Para vender un poncho; “cuantos turistas hay”, me dice con una sonrisa cerrada. Me lo ofrece y por los precios que escuché en otros lados me parece caro, le agradezco. Sigo caminando. Hay en las miradas de este pueblo un silencio atroz que casi no deja respirar. Camino despacio, observo. En la plaza hay muchas mujeres sentadas, con la ropa desplegada en el piso que rodea a la iglesia. Todas son iguales, no solo la ropa, sino su comodidad. Sentadas charlan o miran a la nada, los dedos quietos, no tejen, no cuidan ganado, no bajan montañas. O tal vez sí, pero se les va borrando de la piel como los sedimentos de una piedra en el mar. El contexto: tan cerca de los cielos que parece que nadie alguna vez respiro este aire. Cuando es hora de subirme a la camioneta, le compro un poncho, le agradezco, y me da un beso en la mano, se lo devuelvo y me sonríe.

La camioneta nos abandona en medio del cielo, con la excusa de dos llantas rotas. Me bajo. Camino por los pastos tercos y verdes de la puna. Escuché viniendo hacia acá que las plantas de esta zona, para sobrevivir, se congelan de noche para después regarse de día. Intento tocar una. Me pincha. Levanto la vista hacia las montañas. Las nubes que se acercan acarician como seda la camioneta, al cielo. Autosuficientes, no precisan de nada, ni de turistas ni de locales, ni de un té de coca, ni de una moneda. Veo los cerros y me pregunto en cuál vivirá ella, si ya estará volviendo. El viento está poniéndose más duro, pero continúan llegando camionetas blancas a montones. Sigue ahí seguro; ofreciendo sus chales, parada, con la luz del sol en la espalda. En cuál vivirá ella, cuál es el sendero que toma, qué estará haciendo su nieta. No veo nada desde acá y a la vez siento que veo todo.

¡Vamos!, gritan desde lejos. Doy la vuelta, pero antes saludo a la vieja que me ve desde el cerro. La camioneta emparchada retoma el camino de polvo y desde la ventana veo una llama donde recién estaba ella.

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