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Excepcional


M: Hola, me llamo M y quisiera sab…


A: Vaya al final de la fila y espere.


M: Pero es que yo…


A: ¡Fórmese!


Con cara de resignación, M recorrió los cinco metros de distancia que había entre el entrevistador y la última persona de la fila. Al llegar al final apoyó su espalda contra una pared y se dejó caer hasta tocar el piso. Un hombre joven, vestido con una túnica amarillenta se aproximó hasta donde él estaba.


R: ¿Y…? ¿Qué le dijeron?


M no sabía si contestarle o no. Aunque no era nada oficial, corrían rumores de que entablar amistad con personas como R no estaba bien visto por los entrevistadores, y que incluso el hablar con ellos podía llegar a ser causal de que la petición de asilo fuera denegada. En última instancia, M pensó que, estando tan lejos de A, este probablemente no se daría cuenta de su conversación anodina con R. Así que decidió pararse nuevamente y contestarle al desconocido, mientras esperaba pacientemente su turno.


M: No me dijeron nada, solo que debía formarme.


R: Pero, entonces ¿no le preguntaron nada? ¿Ni siquiera su nombre?


M: No, nada, no me dejaron ni hablar. Pero bueno, debe ser por la cantidad de gente que hay.


R: Puede ser. Y, dígame, ¿usted cómo se llama? Yo soy R, y vengo de Siete.


M: Yo me llamo M, y soy de más cerca, de Tres. Llegué en avión, ¿sabe? Fue lindo, el viaje digo. En el camino pude hasta leer un libro.


R: ¿De verdad? Qué bien. Cuando yo viajé estuve a punto de morirme varias veces. Sí, la primera fue cuando cruzamos el desierto, en la frontera con Seis. Ahí nos quedamos sin agua, y el sol era terrible. Ah, y también me picó una serpiente. Pero resulta que no era muy venenosa. Y por eso sobreviví.


M escuchaba en silencio el increíble relato de R.


R: Después, cuando ya estábamos cerca de la costa, la balsa en la que veníamos se empezó a llenar de agua, no sé muy bien por qué. Esa noche, de los 8 que éramos solo quedamos 2. Mi mejor amigo, mi esposa y el guía que nos iba a ayudar también murieron. Yo me quedé solo, empapado y tiritando, tendido sobre la playa. No me moví hasta que llegó la policía.


M: Ah, entonces lo ayudaron.


R: ¿La policía dice? No, ellos solamente me dijeron que lo que había hecho era ilegal, y me llevaron esposado hasta un centro de migrantes.


M: ¿Y no le dieron algo para comer o un café para tomar? ¿Un vaso de agua por lo menos?


R: No, pero supongo que solo hacían su trabajo. Lo que les dijeron que hagan. Igual tuve suerte, porque yo por lo menos entendía algo de lo que hablaban.


M: Ah, ¿sí?


R: Sí, había llegado a memorizar unas cuantas palabras y frases comunes de las películas, y también usaba Duolingo en mi celular.


M: ¿Duolingo? Pero cómo, ¿No era pobre cuando vivía en Siete?


R: Bueno, tanto así no. Digo, no me sobraba el dinero, pero podíamos mantenernos con lo que ganaba en el almacén. Vendía las mejores verduras del pueblo, y de vez en cuando también cereales y carne. No nos iba mal.


M: ¿Y…? ¿Qué le pasó? ¿Por qué decidió venir acá, a Uno, con lo lejos que es?


El otro hizo una pausa, como si se pusiera a recordar los momentos felices que había vivido en Siete, la casita que había comprado con tanto esfuerzo, su matrimonio breve con aquella muchacha de la ciudad. De pronto, al notar la creciente incomodidad de su interlocutor, decidió continuar con su historia y no aburrir a M.


R: La guerra. Eso fue lo que pasó. Al principio pensamos que no nos iba a pasar nada. Tratamos de seguir con la rutina, haciendo lo que hacíamos siempre. Ya sabe, comer con la familia, visitar a los amigos, cosas normales, igual que los demás. Pero un día, cuando estábamos en la ciudad, el ejército de Cuatro tiró una bomba y todo quedó destruido.


M: ¿Todo?


R: Sí, todo. Hasta el hospital y la escuela que acababan de construir. Nuestra casa tampoco se salvó. No pudimos llevarnos nada. Y cuando nos acercamos al almacén solo vimos escombros, maderas quebradas y polvo. Todos estaban asustados. Y ahí se me ocurrió venir. Primero no sabía a dónde, pero le pregunté a otros si pensaban lo mismo y me dijeron que sí. Con ellos armamos un grupo, y entre todos decidimos el país. Uno, el lugar perfecto para empezar de nuevo.


M: Y ahora, con todo lo que le pasó, ¿no se arrepiente de la decisión que tomó? ¿No cree que las cosas podrían haber mejorado en Siete?


R: Bueno… Yo…


Sin que ninguno se diera cuenta la inmensa fila había ido avanzando. Los hombres — que tan solo segundos atrás dialogaban cordialmente—, ahora se miraban de lejos y en silencio, mientras el ambiente se llenaba de tensión y miedo.


A: Siguiente.


Ninguno de los dos atinó a aproximarse a la mesita donde A hacía las entrevistas.


A: ¡Siguiente!


M reaccionó por fin y se acercó con ansias, repasando mentalmente su discurso.


M: Hola, me llamo M y vengo de Tres. Soy Ingeniero Informático. Hablo 3 idiomas. Tuve que dejar mi país debido a la difícil situación económica y el régimen del presidente de facto…


A: Bien, cruce el pasillo a su derecha y entre por la primera puerta.


M: ¿Eso es todo?


A: Sí. Debido a sus capacidades, usted califica para el programa de Migrantes Excepcionales.


M: ¿De verdad? Gracias. ¡Muchas gracias!


M se perdió rápidamente en un pasillo gris que parecía sacado de una película de terror. Animado por la buena fortuna del extraño, R se apresuró a presentar su caso delante del entrevistador. Puede que, en su situación, el también recibiera el permiso para quedarse en Uno y comenzar a trabajar.


A: ¿¡Quién sigue!?


R: Yo, señor.


A: ¿Quién es usted?


R: Me llamo R y soy de Siete.


A: ¿De Siete? ¿No cree que ya hay muchas personas de Siete aquí?


R: Bueno, pero es que yo…


A: ¿Tiene estudios universitarios?


R: No, yo... tuve que dejar la escuela cuando murió mi padre y…


A: ¿Cuántos idiomas sabe hablar?


R: Eh… Con Duolingo pude aprender…


A: ¿Cuál es el motivo por el que se aventuró a venir hasta acá de forma ilegal y mandó una solicitud de asilo al gobierno de este país?


R: Las fuerzas armadas de Cuatro invadieron el norte de Siete hace más de 3 años y…


A: Denegada.


R: ¿Cómo dice?


A: Su solicitud, ha sido denegada.


R: ¿¡Qué!? Pero si le acabo de decir que…


A: Si tiene alguna queja llame al 555-123-789.


R: ¿Es una broma? ¡No puedo regresar a mi país! ¡Lo perdí todo! ¡Mi esposa…


A: Siguiente. ¡Siguiente!

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