FT2953A



Llenó sus pulmones con las moléculas de aquella atmósfera invisible y pura. La sensación que experimentó era inigualable. Dio un par de pasos lentos sobre el terreno hasta detenerse por completo. Al mirar hacia arriba admiró la mezcla única de tonos cerúleos y magentas que se combinaban a la perfección y se perdían en el horizonte, fundiéndose con la densa capa de niebla que se alzaba desde lo profundo del valle. De las colinas inmensas y desnudas solo lograba vislumbrar su inalcanzable cima. Una excelente postal extraterrestre, pensó.


Sobrecogido por lo que sus ojos miraban, tardó un par de minutos en reaccionar. No estaba allí de vacaciones, tenía una misión que cumplir. Retrocedió sobre sus pasos hasta darse la vuelta por completo y recorrió sin prisa los pocos metros que lo separaban de la nave. Se metió con cuidado dentro del vehículo, si llegaba a estropear algo lo inhabilitarían de por vida, o peor aún, no podría disfrutar jamás de aquel nuevo mundo que él mismo había ayudado a descubrir.


Abrió el compartimiento de herramientas y tomó lo que necesitaba. Al dirigirse nuevamente al exterior sintió que la vista se le nublaba por un breve instante, sin duda debido a la presión que sentía. La misión de reconocimiento era el logro más importante de su carrera dentro de la NASA. Si sus cálculos eran correctos y el planeta resultaba resultaba habitable, su nombre pasaría a la historia y trascendería los siglos y milenios venideros. Era un sueño hecho realidad.


Con los objetos en las manos se encaminó, muy resuelto, hacia lo que creía sería una fuente de importantes datos sobre aquel solitario lugar. El volcán Pink Mount, tal como él decidió nombrarlo, se encontraba a un par de kilómetros de distancia del lugar en el que había estacionado su aparato. Sin embargo, esto no fue, en modo alguno, un impedimento para su labor. Durante todo el trayecto mantuvo el paso firme y armonioso que había aprendido durante su entrenamiento en las fuerzas espaciales.


Al llegar, pasó unos minutos contemplando la espesa columna de vapor que emanaba del profundo agujero. Luego, su espíritu científico pareció despertar. Colocó los instrumentos en el suelo y se quedó únicamente con una tableta táctil que apenas sobrepasaba el tamaño de su mano. La encendió y se acomodó a un par de metros de distancia. Hizo una toma panorámica y después apagó el artefacto. Acto seguido tomó un tubo de ensayo vacío y estéril y procedió a llenarlo con el fino polvo que cubría el suelo.


Después de cerrarlo y guardarlo en uno de los bolsillos herméticos de su traje, puso en marcha un segundo instrumento. Con él era capaz de conocer la composición química del aire de donde fuera que estuviera con una precisión de casi el cien por ciento. El único problema era que tardaba dos días enteros en completar el proceso, ya que debía analizar y combinar millones de variables hasta dar con el resultado correcto. Aun así, podría obtener la información antes de llegar a la Tierra, y esa era una buena noticia.


El regreso hacia la nave le pareció más largo que la ida y, como ya empezaba a oscurecer, se introdujo dentro del vehículo y durmió toda la noche. Al día siguiente notó que le costaba levantarse de la cama plegable, además de que ciertos movimientos le provocaban dolor en las articulaciones. A pesar de todo, pudo sobreponerse a la incomodidad en cuanto tomó un largo trago de café negro y degustó los alimentos deshidratados que había en la despensa. Pensó que seguramente se sentiría mejor con el correr de las horas.


La existencia de un pequeño volcán rodeado por montañas inertes le despertaba muchísima curiosidad por lo que, después de desayunar, se dirigió nuevamente a aquella inhóspita zona. Pasó su segundo día documentando sus averiguaciones sobre el Pink Mount, tomando fotografías y elaborando un mapa de la región con la ayuda de los sofisticados drones que el ejército había diseñado. De acuerdo con el código de conducta de la agencia, había aprovechado el poco tiempo disponible de forma muy eficiente, por lo que se sintió muy satisfecho cuando se dispuso nuevamente a descansar después de aquella agradable jornada.


Ese último día separado de sus seres queridos se sintió especialmente nostálgico y abrumado por el deseo de regresar a su patria amada. Como primera tarea, se dedicó a llenar los bolsillos de su traje con unas piedrecitas rosadas que abundaban en las laderas del siempre humeante volcán. ¿Qué mejor regalo podía ofrecerles a sus pequeños hijos que aquellos brillantes trozos de planeta? No podía esperar a ver sus caras sonrientes junto a la de su esposa, que hacía un esfuerzo por contener las lágrimas cada vez que recibía la noticia de una nueva misión fuera de la tierra. Realmente quería volver.


Una vez consideró que tenía suficientes como para obsequiar a todos los que le esperaban en la Tierra volvió a ensimismarse en su importante labor. Dedicó sus últimas horas allí a la redacción de un informe completo de sus averiguaciones, dejando en blanco la parte que versaba sobre la composición química de la atmósfera y las emanaciones del Pink Mount. Si todo salía bien, podría completarlo durante el viaje de regreso.


Leyó cuidadosamente la lista de confirmación, revisó que no faltara nada de lo que había traído consigo, dio un vistazo a los instrumentos de navegación e hizo una prueba de funcionamiento del aparato; todo parecía estar correcto. Miró por última vez la superficie de FT2953A y puso en marcha el proceso de arranque. Primero se bloqueó la única puerta de entrada y salida. Después pudo sentir la suave vibración que indicaba que los motores estaban encendidos. Finalmente escuchó una inteligencia artificial deseándole un cómodo viaje a través de los altavoces de la cabina de mando.


Sin embargo, le resultó imposible quedarse dormido como deseaba, dado que uno de los instrumentos que había utilizado durante su primer día de expedición no paraba de emitir silbidos de alarma similares a los de las ambulancias del siglo pasado; podía sentir aquellas ondas retumbar en sus oídos y rebotar dentro de su cabeza. Cuando creyó que ya no podía soportarlo buscó con exasperación la fuente del horrible sonido y alcanzó a vislumbrar algunas letras borrosas sobre la pantalla centelleante. Una vez estuvo lo suficientemente cerca como para ver con claridad y leer el contenido del mensaje se dejó caer sobre el asiento del copiloto y permaneció completamente inmóvil durante casi una hora.


Después de una larga meditación sobre lo que podía o debía hacer en una situación como esa decidió que lo único razonable era advertir a sus colegas en la Tierra acerca de aquel mortífero aunque encantador lugar. Escribir una carta —una actividad tan antigua que ya prácticamente nadie realizaba en esta época— le pareció lo más apropiado ya que, después de ser descontaminada, su familia podría conservarla. De este modo, con el pulso firme y la resignación de alguien que ya ha aceptado su destino comenzó a plasmar en papel sus últimas palabras:


«Para cuando lean esto ya estaré muerto, aun así, me veo en la obligación de advertirles sobre el terrible final que le aguarda a los que se aventuran a explorar de cerca el FT2953A. Durante el primer día de mi estancia en este deshabitado planeta utilicé el analizador de atmósferas; hoy, después de ingresar a la nave y comenzar el proceso de despegue, recibí el informe final. Los niveles de radiación en el aire son tan altos que se salen de los parámetros de medición, además, estas partículas son capaces de atravesar incluso los más avanzados trajes diseñados por la agencia. No hay forma alguna de esquivarlos. Sin embargo, como una especie de broma cruel, el afectado se sentirá casi completamente saludable en los momentos posteriores a la exposición. Yo mismo no experimenté más que un ligero malestar a pesar de mi inminente final.


Sé que la información que les estoy dando no es suficiente, pero no me queda mucho tiempo para explicarlo todo. Junto con esta carta encontrarán un informe completo dentro de un sobre amarillo. También he tomado fotografías y recogido muestras, y los instrumentos de análisis han guardado todos los datos de los últimos tres días.


Como última voluntad deseo que esta carta sea entregada a mi familia, así como también algunas de las pequeñas piedras rosadas que encontrarán en el interior de mi traje. Es muy importante para mí que sepan que los amo y que no me arrepiento en lo absoluto de haber sido parte de este proyecto. Ha sido, sin duda, el más importante de mi carrera.


Adiós a todos,


Dr. Thomas Anderson»


En cuanto terminó de escribir dobló el papel cuidadosamente por la mitad y lo introdujo dentro de un llamativo sobre color mostaza adjunto a las hojas que informaban los resultados de su investigación. Luego se acomodó pesadamente sobre su asiento, apretó los documentos contra su pecho y volvió a dormir, sabiendo que, esta vez, no despertaría para ver el amanecer.

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