La jaula de los canarios

Recuerdo que cuando era niño, entre los siete y los trece años, vivía con mis padres y mis dos hermanas en un departamento en Retiro, cerca de las terminales del Mitre y el Belgrano. La zona contaba con algunas plazas y áreas verdes, pero a mí —que me gustaba trepar árboles y jugar con la tierra húmeda—, me parecía un lugar aburrido y sin gracia. Por eso, cada vez que visitábamos a la tía Beatriz me sentía como en el cielo. La hermana de papá, a la que todos apodábamos Betty, tenía una casa a más de cincuenta kilómetros de distancia de la nuestra, lo que significaba que, para poder llegar en auto hasta allí con todas nuestras cosas tardábamos más de una hora y media, según como estuviera el tráfico. Esto, para nosotros los más pequeños, representaba una eternidad; en nuestra mente infantil era casi como si estuviéramos saliendo de Buenos Aires, o incluso del país, a vivir una gran y maravillosa aventura. Aunque el que más disfrutaba del paseo siempre era yo.


La casa de la tía Betty estaba en un barrio de clase media, en el norte del interior de la provincia. Por fuera se veía bastante común, con sus paredes color cal y su puerta de algarrobo. Sin embargo, lo que más me entretenía cada visita, que era más o menos una vez al mes, era el enorme patio que se encontraba detrás de la edificación. Justo en el fondo, lindando con los muros de los terrenos vecinos, había una especie de quincho sin paredes, con un techito de madera, sostenido en sus cuatro esquinas por sendos troncos de palmeras. En los costados del mismo podían verse abundantes plantas y un gran arbusto con flores rojas en forma de espiga, que en primavera solía ser el almuerzo de mariposas y colibríes brillantes. Y para coronar la escena, una jaula de alambre pintado de blanco, que colgaba de un clavo incrustado en una de las columnas, era el hogar de una pareja de canarios color amarillo, que alegraban a casi todos con su musiquita constante.


Una tarde de octubre, mientras los adultos hacían la sobremesa en el living de la casa y conversaban vivamente sobre política y religión, un niño de los alrededores, más o menos de mi misma edad, se acercó hasta la puerta exterior preguntando en alta voz por nuestra tía Beatriz. Desde el instante mismo en que lo vi tuve el convencimiento de aquel chico de pelo negro y ojos café no me traería más que problemas. Fue algo completamente intuitivo, casi premonitorio; no sabría decir si era por su mirada centelleante o por su cabello alborotado, pero había algo en él que me molestó desde el principio. De todos modos, a la tía Betty parecía caerle muy bien, ya que le ofreció una modesta cantidad de dinero a cambio de que sacara los yuyos que empezaban a crecer alrededor de las flores y contra los límites de la propiedad. Por supuesto, él aceptó.


Lo vi entrar con mucho entusiasmo y dirigirse al patio con prisa. Durante un rato, traté de ignorar la situación y entretenerme con los juegos de cartas de mis hermanas, sin embargo, era incapaz de concentrarme y perdí todas las partidas. Al cabo de una media hora, más o menos, la tía Betty salió de la casa con un puñado de billetes en la mano y un vaso plástico color azul. Yo, como soy curioso por naturaleza, me metí en uno de los cuartos que tenía ventana mirando hacia el fondo y los espié sin que me notaran, escondido detrás de las cortinas floreadas. Desde mi posición pude divisar al niño mientras se sacudía la remera rayada y bebía el agua de un solo trago. Después de eso la tía se volvió a meter en la casa, y me pareció escucharla preguntar por mí, para obtener como respuesta de parte de mi madre que seguramente estaría afuera, jugando con mi bicicleta, como hacía siempre.


Pero yo seguía pegado a la ventana y, luego de unos instantes, pude percibir un gesto de disgusto en el pequeño rostro del niño, al mismo tiempo que contaba los billetes y se los metía en un bolsillo del pantalón gastado. Y como una horrible muestra de su disconformidad, pude ver cuando se acercó silenciosamente hacia la jaula de los canarios y, con sus manos sucias pero habilidosas, abrió la puertita de alambre y sacudió la blanca estructura hasta que las aves, aterrorizadas, se fueron volando para nunca regresar. Y sin levantar sospechas, caminando muy despreocupado, llegó hasta la puerta que da a la calle y salió sin saludar a nadie, haciendo chirriar la reja cuando la empujó hacia adentro.


El resto de la tarde pasó sin pena ni gloria, y yo me quedé callado, encerrado en la habitación, pensando que los canarios podían volver en cualquier momento, y si decía algo no lograría más que preocupar a la tía Beatriz. De modo que, cuando empezaba a oscurecer, y la tía salió a darles de comer a los pajaritos, lo único que encontró fue una jaula vacía y unas cuantas plumas amarillas desperdigadas por el suelo. Yo seguía mirando por la ventana, y me sentí mal cuando la vi derramar una lágrima por la pérdida de las aves. En ese momento decidí salir de mi escondite y contar lo que había pasado. Así que me encaminé hasta el quincho, donde estaba mamá, papá, la tía Beatriz y mis dos hermanas (que también habían salido para ver a los canarios) y les narré apresuradamente todo lo que había podido ver mientras estaba encerrado en uno de los cuartos.


Pero inmediatamente sucedió algo que nunca me imaginé que ocurriría: toda mi familia, incluida la tía Betty, concluyeron que yo era el verdadero culpable y que me había escondido para que no se enteraran y así poder librarme del castigo. La primera en hablar fue mamá, diciendo que quizá lo había hecho como una broma, pero que aun así merecía una reprimenda. Después llegó el turno de papá; dijo que me la pasaba haciendo travesuras y que no podía entender por qué siempre era tan inquieto y revoltoso siendo él un hombre ordenado y disciplinado. Incluso mis hermanas comentaron que todos los días mamá tenía que ponerme a ordenar los juguetes que dejaba tirados. Al final, fue la tía la que pronunció la sentencia final, sin dar lugar a apelaciones ni argumentos de defensa. Dado que ella había resultado muy damnificada emocionalmente —las aves habían sido un regalo de su difunto marido, el tío Joaquín—, ella decidió que la sanción más justa era privarme de algo que yo también apreciara mucho.


En vano traté de explicarles que nada había tenido que ver con el desafortunado incidente, el juicio ya estaba hecho. Esa noche me fui a dormir sin cenar, y me quedé meditando en lo que perdería yo al día siguiente, porque tenía realmente muy pocas de valor. Ya en la mañana, antes siquiera de desayunar, fui notificado por mi padre de que el objeto que se me confiscaría era mi bicicleta nueva, la que había recibido por mi cumpleaños, durante el período de dos meses completos. Aquello era increíble, y me hizo sentir lleno de rabia y con ganas de gritar. Pero, de alguna forma, logré contenerme, y acepté mi castigo sabiendo que era inocente, aunque no tuviera forma de probarlo ni fuera capaz de convencer a nadie.


Durante muchos días después de aquel suceso me sentí verdaderamente impotente y ciertamente enojado pero, con el pasar del tiempo logré olvidar casi por completo los hechos que acontecieron ese día. Tal es así que una mañana de otoño, mientras recorría las calles de Buenos Aires en compañía de mi border collie, prácticamente no supe reconocer a ese vagabundo que dormía en el banco de una plaza. Fue necesario que me acercara y lo observara con gran detenimiento durante varios minutos para que las facciones toscas y desafiantes de ese extraño, junto con su ropa ajada y su cabello alborotado se acomodaran en mi cabeza formando una imagen totalmente nítida a pesar de los años transcurridos. Al principio pensé que eran ideas mías, que no podía ser, que seguro me estaba equivocando; pero solamente unos minutos más tarde pude comprobar que su carácter desaprensivo continuaba intacto, tal como cuando éramos niños. Pero esta vez yo no permanecería en silencio.


Con esto en mente me acomodé en un banco de madera que quedaba al alcance de la sombra de un viejo árbol, y me decidí a esperar. La primera vez que lo hizo fue tan rápido que apenas pude entenderlo, al igual que la joven, que siguió caminando un poco ofuscada. Pero yo necesitaba las pruebas, así que lo volví a espiar, igual que aquella vez, mientras chocaba torpemente contra los transeúntes que, como iban distraídos, no llegaban a darse cuenta del modus operandi. Y así me quedé otra vez, escondido en el anonimato y mirando desde la distancia, hasta que conté unos quince encuentros, incluyendo a unos cuantos turistas y hasta un ciclista que se había detenido para beber agua. Después, sin que advirtiera mi presencia ni mi ausencia, me dirigí lentamente hasta unas cuadras más atrás, en donde un policía, en buen estado físico aunque peinaba algunas canas, escuchó atentamente mi denuncia contra el delincuente.


Y como revancha final, lo único que le pedí fue poder decirle unas palabras antes de que lo metieran en el patrullero. El oficial accedió, suponiendo que le diría alguna moraleja o frase contundente, y yo fui testigo del procedimiento de forma voluntaria. Al final, cuando ya se encontraba sentado dentro del vehículo y era custodiado por otros dos uniformados, me acerqué con mucha parsimonia hasta la ventanilla abierta de la camioneta y, prácticamente sin inmutarme, con una voz tranquila y segura le dije:

—Te vi.

El vagabundo me miró desconcertado y entonces alargué la frase, para que fuera capaz de comprenderme:

—Te vi—le repetí, y luego proseguí: —Te vi mientras abrías la jaula de los canarios.

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