La leyenda de los astros enamorados




Existía una vez, hace miles de años, un planeta pequeño y sin anillos, pero cuya atmósfera era de un color azul muy hermoso. A su vez, en medio del vasto firmamento, se encontraba también una estrella grande y brillante que, con su luz rojiza, iluminaba al planeta de tanto en tanto. Y a medida que el tiempo fue pasando, los dos astros llegaron a conocerse muy bien; tanto que empezaron a sentir una gran pena cada vez se alejaban el uno del otro. Por el contrario, cuando sus caminos se juntaban, la alegría que los embargaba era inmensa.


Pero en una de esas veces en que podían reunirse y confesar lo mucho que pensaban en el otro, una idea atrevida comenzó a gestarse en el interior de ambos. Y es que la vida que deseaban tener, sin separaciones de por medio, no podía llevarse a cabo en el cielo. Si lo que de verdad querían era estar siempre juntos, debían hallar otro lugar para hacerlo. Entonces, habiendo considerado todas las alternativas, incluyendo la posibilidad de desintegrarse en el proceso, los dos cuerpos celestes decidieron lanzarse a toda velocidad hacia un destino incierto y extremadamente peligroso.


Y después de lo que les pareció una eternidad, luego de chocar con cometas, meteoros y lunas que habían perdido su rumbo, tanto el planeta como la estrella llegaron a un lugar vibrante y húmedo. A su alrededor pudieron escuchar diversos sonidos que nunca antes habían tenido la oportunidad de percibir. Al principio, quedaron extasiados ante aquel paisaje pintado de verde, sacudido a partes iguales por el viento y por esas extrañas criaturas que lo habitaban. Pero, en cuanto cesaron de observar aquella maravilla y se fijaron en su cuerpos, comprendieron que algo terrible había ocurrido.


Ellos, antes imponentes y destacados, se habían convertido en dos piedritas pequeñas, redondeadas y pulidas; o más bien, desgastadas por el polvo interestelar. Sin embargo, a pesar del enorme sacrificio que habían hecho, se sintieron conformes de que todavía estaban juntos y pensaron que, desde aquel momento, no volverían a separarse nunca. Y siguieron con esa idea en la mente hasta que la oscuridad los envolvió por completo, llenándolos, al mismo tiempo, de quietud y nostalgia. Pero de pronto, una fuerte tormenta, con sus rayos y truenos, estremeció hasta la flor más diminuta que había entre la espesura.


Y en medio de aquel caos, los pedazos de mineral gris e inmóvil fueron bañados por la lluvia helada y un resplandor deslumbrante, capaz de simular el día en mitad de la noche.

Finalmente, al despuntar el alba, pudieron vislumbrar una fina capa de rocío fresco, depositado suavemente sobre su superficie. Más tarde, cuando las gotas limpias fueron atravesadas por los primeros rayos del sol, aquella luz blanquecina se desarmó en una multitud de colores brillantes. Y entonces, al ser besados por el arcoiris desde todas las direcciones, el antiguo planeta y la otrora estrella se transformaron en dos pajarillos de plumas iridiscentes y picos largos, cuyos descendientes viven batiendo las alas al tiempo que disfrutan el néctar de las flores.

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