La leyenda de Wieliczka




En el sur de Polonia, en un pueblo conocido con el nombre de Wieliczka, se encuentra una famosa mina de sal. De acuerdo con las narraciones tradicionales contadas por los lugareños, la historia comenzó gracias a una princesa húngara llamada Kinga.


Resulta que la dama se estaba preparando para casarse con Boleslaw, duque de Cracovia. De modo que, para la ocasión, Kinga pidió a su padre, el rey Bela, un regalo que ella pudiera darle a su futuro marido. En esa época, la sal era un elemento considerablemente valioso, que se podía intercambiar por diversos bienes. Por ese motivo, el obsequio recibido por la novia fue una mina de sal en territorio húngaro. Luego, al dejar su tierra natal para dirigirse a Polonia, la princesa se quitó un anillo de oro que llevaba puesto y lo arrojó en la parte más profunda de la mina.


Ya en Cracovia, meses después del matrimonio, Kinga le sugirió a Boleslaw que quizás debería empezar a buscar un lugar apropiado en el que se pudiera establecer una mina de sal, tal como las que había en su lugar de origen. Esta propuesta resultó muy atinada a ojos del flamante esposo, por lo que los preparativos comenzaron justo el día después.


A las pocas horas de haber comenzado la búsqueda, el duque y su mujer llegaron a lo que en ese entonces era una aldea más, pero cuyo nombre estaba a punto de transformarse en el de una leyenda. Al aproximarse a Wieliczka, Kinga sintió un presentimiento; para ella ese lugar era el emplazamiento perfecto para desarrollar su emprendimiento. Muy pronto los sirvientes comenzaron a excavar, encontrándose con rocas y pedregullos sin utilidad.


Pero entonces, uno de los subordinados se topó con un bloque enorme y duro, que no consiguió romper, tal que la pieza fue extraída intacta para ser examinada en la superficie. Grata fue la sorpresa al observar tamaño cristal purísimo del preciado mineral. Sin embargo, había algo más que llamó la atención de todos los presentes.


Atrapado dentro de aquel bloque de sal se hallaba un objeto pequeño, pero cuyo brillo resaltaba aún más con la claridad del día. Pero no fue hasta que Kinga —movida por la algarabía—, se acercó a observar la pieza, que los demás se dieron cuenta de lo que había ocurrido. Y es que el resplandor emergente provenía, para asombro de todos, del diminuto anillo de oro que la princesa había arrojado al pozo de la mina en Hungría, a cientos de millas de donde ahora vivía.


Actualmente la mina de Wieliczka luce como una ciudad subterránea, en la que se cuentan más de dos mil habitaciones y trescientos kilómetros de pasadizos. Y aunque la minería ya no se lleva a cabo, el lugar fue declarado Patrimonio de la Humanidad y permanece como una gran atracción para los turistas.

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