Libros en papel: sus múltiples funciones y características




En el mundo actual existe una especie de debate que no termina de cerrar para muchos de los involucrados. Sucede que cada vez que un amante de la literatura se decide por un nuevo título para sumar a su colección, una pregunta, una duda casi existencial, inunda su mente cual sopa de letras sin sal. El asunto, que para algunos resulta sencillo y a otros asalta de noche, se puede describir —metafóricamente— como una batalla sangrienta entre un pelotón de soldaditos de plomo y un grupo de piratas hechos de tinta electrónica. Sí, estamos hablando de los libros en papel y los libros digitales, popularizados con el término de eBooks.


Los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo. JULIO CORTÁZAR

Ahora bien, este artículo no pretende dar una respuesta certera a esta problemática, sino explicar las diferencias entre uno y otro tipo de ejemplares. En el día de hoy, el enfoque estará puesto en los libros de papel y las múltiples funciones y características que se le pueden atribuir. Por otro lado, en la próxima publicación se tratará el tema de los libros electrónicos y sus propiedades. Aclarado este punto, vale la pena recalcar que no hay decisiones incorrectas, tanto si se elige comprar una edición física o se descarga un archivo en formato PDF, ambas ediciones pueden tener un gran valor literario para el lector.


Un ejemplo de lo anterior, aplicado al caso de los libros impresos, vendría dado por las cualidades de los materiales empleados en la producción de la obra. Es decir, que quien se dispone a leerlo podría apreciar también la mezcla de los aromas de la tinta, el pegamento y el papel, fundidos en una única esencia conocida por los expertos como «olor a libro nuevo». Esta sensación representa, para los más tradicionales, una parte fundamental del proceso de lectura y comprensión del texto; de modo que este es valorado primero con los cinco sentidos, y luego con la razón. Un libro es primero observado, tocado, olido, y después, como acto final, leído y comprendido.


Sin embargo, no es esta la única característica que posee una edición física. Por el contrario, un buen volumen de cuentos, o una novela de misterio, puede albergar entre sus páginas todo tipo de elementos pertenecientes al reino vegetal. Es sabido que una de las cualidades del papel, entre muchas otras, es su capacidad para absorber la humedad propia de los seres vivos más silenciosos, permitiendo así que hojas caídas y flores arrancadas permanezcan durante años atrapados entre las páginas de una historia gruesa, muy gruesa; porque cuanto más pesado sea el libro, tanto más lisos y oscuros quedarán los pétalos de la rosa —efectos secundarios de la muerte—.


Otros de los destinos, tal vez el menos deseado, que puede correr un libro, es el de ser utilizado únicamente como un adorno. Esto significa, a modo ilustrativo, que el ejemplar, luego de ser comprado, termina depositado en una lujosa biblioteca de madera, algunas veces con puertas de cristal; el fondo preferido para videollamadas y videoconferencias, tan populares en épocas del Gran Confinamiento. Pero este propósito, según creo yo, no es el peor que podría sufrir una obra, sobre todo aquellas de considerable extensión. No, sin duda alguna, la tragedia más dolorosa tiene que ser el convertirse en una especie de ladrillo literario, que sirve únicamente para soportar el peso de una mesa o silla desequilibrada.


Pero para la mayoría de los que están leyendo esto, seguramente sus libros tengan un valor especial, mitad económico y mitad sentimental. Para todos ellos se aplica esta cita de un prestigioso autor argentino, escritor de libros tales como Rayuela, Final del juego, La otra orilla, o La vuelta al día en ochenta mundos: «Los libros van siendo el único lugar de la casa donde todavía se puede estar tranquilo».







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