Obligate a no llorar.


Creo que muchos de nosotros, en algún punto de la vida, recibimos el consejo de un allegado que con amor nos dijo "dejá de llorar, pensá en las cosas buenas, la vida es linda" y, si bien es cierto, me pregunto: ¿hasta qué punto podemos hacer caso?


Para ilustrar un poco más, comparto con ustedes una frase de Virginia Woolf que me agrada mucho: "No se puede encontrar la paz evitando la vida". Podemos correr por tiempo indeterminado en dirección opuesta a aquello que nos produzca temor y/o dolor, emplear miles de mecanismos de defensa y aún así no va a haber nada más liberador que hacerle frente a ese sentimiento para luego observarlo por lo que es y, eventualmente, dejarlo atrás.


Sé que existen diferentes motivos por los cuales elegimos esquivar lo que sea que nos toque sentir, como por ejemplo, la culpa ("¿¡Cómo me voy a poner mal por ésto habiendo tantas personas pasándola mal por cosas aún peores!?"), alguna frase cliché de autosuperación personal leída en aleatoria red social ("1% inspiración, 99% transpiración"), vergüenza, orgullo, etc., pero no podemos obligarnos a sentirnos bien sólo por un imperativo ajeno o propio que creamos que corresponde mejor con "lo que deberíamos sentir" y no con LO QUE ES.


Con ésto último tampoco quiero decir que es mejor quedarnos a acampar en la tristeza, pero sí que es necesario darle su espacio como otra de las tantas emociones humanas que necesita de su tiempo de expresión. Permitirnos sentir el diferente abanico de emociones es lo que nos hace humanos y, consecuentemente, descubrirnos los unos a los otros como semejantes.




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