Silencio...




Silencio, todo está en silencio,

no se oye la lluvia ni tampoco el viento.

Un gato se acerca al vidrio mojado,

parece que llora, pero no escucho nada.

Me quedo mirando y veo gente pasar,

multitudes que no saben frenar,

que no quieren o no saben callar;

pero yo no los oigo. ¿Acaso estoy sorda?

Un ave valiente se asoma desde su nido,

La miro moverse y cantar sin vergüenza,

Pero yo no la escucho. ¿O será que la ignoro?

No puedo responderme, quizás porque en el fondo

no me interesa en absoluto conocer la respuesta.

Entonces sigo meditando en todos los sonidos

que parecen estorbar el buen juicio del que escribe.

Incluso, por momentos, el murmullo de las teclas

dándole vida a las palabras, los poemas, las historias

(inconclusas tal vez, pero jamás olvidadas),

resuenan tan alto como una trompeta.

Aunque no todos lo oyen. ¿Seré solo yo

la que puedo percibirlo? ¿Sentirlo rebotar

dentro de mis huesos? Todavía no lo sé,

porque otra vez la pregunta se queda sin respuesta.

Porque dentro del espacio, de la sala, de la mente,

reina un silencio autoimpuesto, artificial, aparatoso.

Pero silencio al fin, que se convierte con lentitud,

(como la mariposa dentro de la crisálida,

invisiblemente, calladamente, sutilmente),

en una marea de tinta negra y espesa;

que se desparrama y se bifurca

en carreteras múltiples llenas de letras,

de biografías ficticias, de ciudades imaginarias.

Y como la calma que precede a la tormenta,

los personajes saltan todos los muros,

reescriben el libro página por página,

cuentan con su propia voz.

Ahora, nada está en silencio.

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