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Una biblioteca cualquiera




Es un día gris y lluvioso de marzo, que invita a la reflexión y a permanecer en el hogar. Así, mientras una planta de flores violetas bebe las gotas que caen del techo, yo me dispongo a poner orden en mi biblioteca. Pero no consiste ésta en un aparatoso mueble dejado a la vista en un acto de presunción. No. Mi destartalada colección se halla dispersa entre los anaqueles blancos de una repisa arrinconada contra la pared, se puede atisbar dentro de una bolsa de tela con manijas rosadas; se puede oler en las hojas nuevas de un ejemplar que todavía aguarda para ser examinado, desmenuzado, comprendido.


Pero el viaje recién comienza, y hay otros libros que conforman mi biblioteca. Algunos se encuentran ordenados en estantes digitales, cuidadosamente creados dentro del disco duro de mi computadora. Allí, más de una decena de obras plasmadas en PDF reposan eternamente, acumulando una película invisible de unos y ceros, que los aleja cada vez más del sueño de todo libro. Y cerca de ellos, con un cariz de zozobra y una mirada agonizante, están aquellos que fueron abandonados a mitad de la jornada; dejados a su propia suerte con tantos asuntos sin terminar. Debatiéndose constantemente entre la vida y la muerte.


Por otro lado, tal vez los más privilegiados de toda la biblioteca, son los que —en parte o en su totalidad—, a pesar de su desaparición material de la misma, han quedado grabados en lo profundo de la memoria, almacenados en el recuerdo intangible de la mente. Este compendio, que alberga fragmentos, escenas, palabras, supo nutrirse desde la infancia de historias ajenas y páginas amarillentas, de lomos descosidos y hojas sueltas, de poemas obligados y lecturas sugeridas, de objetos preciosos encontrados en una habitación vacía. Por ello, los autores involucrados son los que más orgullo deben sentir, porque han logrado impregnar a sus letras de una dicha asombrosa que las hace saltar de los márgenes.


Y en otro nivel, uno casi etéreo y difuminado, habitan todos aquellos libros que, por azares del destino y otros infortunios, no han llegado nunca a cruzar sus caminos con la multiplicidad de lugares que ocupa mi querida biblioteca. Sin embargo, no son estos en modo alguno menos apreciados que los anteriores; por el contrario, pareciera como si lo que nunca se tuvo entre la manos, cuyo contenido solo se pudo apreciar de lejos, con la nariz pegada a un cristal, llegara a convertirse en el material más valioso que pudiera encontrarse. Y de algún modo, ese mar de palabras, esas olas de papel impregnadas de un aroma a pegamento y tinta caliente se convierten en la cima de una montaña inaccesible.


Pero entonces, un voz potente se dirige a mí desde las nubes, y me devuelve al presente, alto y ancho, tiempo y espacio. Y me doy cuenta del aquí y el ahora, donde un señor de traje y un elefante decoran la tapa blanca de un volumen de Cortázar. ¿O será más bien que esa cubierta negra con letras plateadas pretende advertirme sobre los peligros de la desidia? Pero sus amenazas a mí no me importan, su asesino A sangre fría está ya muerto y enterrado entre sus páginas. Además, cuando termine de leerlo —si es que alguna vez inicio—, pienso devolverlo inmediatamente a su biblioteca de origen.

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