Una tarde de invierno



Cerró la puerta de un empujón y movió sus piernas entumecidas hasta llegar al living. Miró la chimenea y vio varios troncos rodeados de ceniza. Fue hasta la cocina, tomó los fósforos que había en un estante y el periódico del día anterior; volvió a la sala y se valió de los objetos para encender el fuego. Se dejó caer sobre un sillón y respiró por la boca. Su aliento se hizo visible. Se frotó las manos y luego dirigió una mirada hacia afuera de su casa. A través del vidrio empañado pudo ver una gruesa capa de nieve cubriendo el asfalto. La calle estaba desierta y los árboles se sacudían constantemente, desparramando sus hojas muertas sobre las veredas. Giró la cabeza y entornó los ojos hacia las llamas. Se inclinó hacia adelante y atizó el fuego con una vara de hierro, luego acomodó una manta descolorida sobre su cuerpo oxidado. Ya con los párpados juntos comenzó a rememorar el extenso campo donde había crecido, el sol calentando su frente, las ovejas que solía esquilar. ¿Cuántas eran en realidad? Y comenzó a contar dentro de su mente; una oveja, dos ovejas, tres ovejas...



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